

Yalumba – Quibdó
Dicen que hay territorios que hablan con el cuerpo, que cuentan su historia sin necesidad de palabras. En Quibdó, el 23 de marzo de 2014, nació la Corporación Artística y Cultural Yalumba justamente para escuchar ese lenguaje y hacerlo danza. Yalumba surge con un propósito claro: mantener y fortalecer el patrimonio dancístico del Pacífico norte colombiano, mirando hacia adentro, hacia lo propio, hacia los movimientos que habitan la cotidianidad, las creencias y las formas de vivir del territorio.
Desde sus inicios, Yalumba ha sido más que un grupo artístico. Ha sido un proceso de investigación–creación que se pregunta por el cuerpo afrodescendiente, por sus gestos, por sus ritmos, por la memoria que se transmite de generación en generación. Su trabajo ha tenido un impacto significativo en la región, porque no parte de modelos externos, sino que vuelve la mirada a los lenguajes corporales característicos del Chocó, los estudia, los resignifica y los lleva a escena como acto de afirmación cultural.
Ese camino ha llevado a Yalumba a recorrer distintos escenarios del país. En 2014, su danza llegó a la Feria de las Flores en Medellín con la comparsa Chocó Danza y Tradición. Un año después, participó en el Festival de Mitos y Leyendas con la comparsa La Mula Cuaresma, reafirmando su vínculo con los relatos simbólicos del territorio. En 2016, hizo presencia en el Festiafro de Medellín, y en 2018 obtuvo el primer puesto en el Festival de Arte Joven del Centro Cultural Mamá-ú con el montaje Pescao y Cola.
El recorrido continuó en 2019 con su participación en el Festival Noches del Pacífico y con un nuevo reconocimiento: el primer puesto en el Festival de Arte Joven Mamá-ú con la obra Catia Cateadora. En 2020, Yalumba fue parte del Festival de Artes Escénicas PAZARTE en Quibdó, en la categoría de Danza Tradicional, reafirmando su compromiso con el territorio.
En 2022, alcanzó el tercer puesto en la décima versión del Festival Antero Agualimpia, y en 2023 llevó su propuesta a la 6ª Bienal Internacional de la Danza en Cali con la obra Las Lavanderas del Río Atrato, Restregando su Dolor, una puesta en escena que dialoga con la memoria, el trabajo y el dolor del río.
El año 2024 fue especialmente significativo: Yalumba participó en el Congreso Internacional de la Calidad de la Educación en el Chocó, en la XII versión del Festival Internacional IUIPC Danza con Colombia en Cali, y fue nuevamente ganador del primer puesto en el Festival Antero Agualimpia en Quibdó, consolidando su lugar como referente de la danza tradicional del Pacífico norte.
Detrás de este proceso está la visión y el liderazgo de su fundador y director, Jhosimar Mena Córdoba. Magíster en Educación, Licenciado en Educación Física, Normalista Superior y Técnico en Expresión Dancística, Jhosimar ha construido su camino desde una profunda formación en las danzas tradicionales del Pacífico norte colombiano. Su experiencia abarca más de 12 años como bailarín, 8 años como asesor del programa Danza Viva del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, y 9 años como docente de aula adscrito a la Secretaría de Educación de Quibdó.
En 2014, movido por una búsqueda constante de la magia de la danza tradicional y por el deseo de crear procesos pedagógicos y artísticos con sentido territorial, decide fundar Yalumba. Desde entonces, la corporación se ha consolidado como un espacio donde la danza no solo se baila, sino que se piensa, se investiga y se vive como acto de memoria, resistencia y afirmación cultural.

Obra mi Chocó
Mi Chocó es una obra escénica que rinde homenaje al departamento del Chocó a partir de una lectura sensible, crítica y profundamente territorial, tomando como eje musical las canciones de la maestra Zully Murillo. La propuesta articula memoria, denuncia y afirmación identitaria para reflexionar sobre las transformaciones sociales, ambientales y culturales que ha atravesado el territorio, así como sobre las formas en que, en ocasiones, la misma comunidad ha normalizado o permitido dichos procesos de deterioro. No obstante, la obra insiste en una premisa fundamental: el Chocó sigue vivo gracias a las mujeres y hombres que, desde la cotidianidad, sostienen la vida, la cultura y la esperanza.
El punto de partida dramatúrgico se construye desde una pregunta ética: ¿cómo se ama un territorio? A partir de esta inquietud, la obra interpela la distancia entre el discurso afectivo —cantarle, nombrarlo, reivindicarlo— y las prácticas reales que afectan negativamente su existencia. Desde allí, Mi Chocó se propone como un relato escénico que le habla al territorio como a un ser querido: con amor, pero también con verdad.
La puesta en escena inicia en la penumbra. El escenario se presenta en silencio, evocando el estado latente de la memoria antes de ser nombrada. Una luz blanca, suave, semejante al amanecer, ilumina una mecedora ubicada en el centro del espacio. Sobre ella reposa la bandera del Chocó. Allí se encuentra el personaje Chocó, cubierto, inmóvil, encarnando la espera, la carga histórica y la contención emocional de un territorio herido.
La obra se activa con la canción “Así te quiero yo” de Zully Murillo. El personaje se mece lentamente, estableciendo un vínculo corporal con la mecedora y la bandera. El movimiento emerge antes que la palabra y se configura como lenguaje expresivo principal: el cuerpo traduce enojo contenido, nostalgia y frustración.
Este primer solo remite a un pasado vivido con mayor tranquilidad y evidencia la ruptura producida por el abandono, la violencia y la contaminación. La dirección y coreografía de Jhosimar Mena Córdoba orientan esta escena desde una comprensión del cuerpo como archivo de memoria y como herramienta de confrontación simbólica.

En contraste, al otro lado del escenario, un grupo de mujeres observa en silencio. Su presencia funciona como testimonio colectivo y como sostén del relato. Los cuerpos de Yaritza Yesenia Robledo Quejada, Wendy Gabriela Moreno Mena, Yina Liseth Ramírez Hinojoza, Katty Yineth Rengifo Mosquera, Karol Yulieth Lozano Palacios, Liz Yinary Martínez Rentería, Heicy Lorena Martínez Hurtado, Dianny María Palacios Saa e Itzel Nahyara Mena Robledo encarnan la escucha atenta y la memoria compartida, reforzando la dimensión comunitaria de la escena.
El personaje Chocó alterna entre la danza y la palabra directa al público. Esta transición marca un giro dramatúrgico: el cuerpo ya no solo expresa, también confronta. El discurso interpela de manera frontal la contradicción entre el amor proclamado al territorio y las acciones que contribuyen a su deterioro. La luz, diseñada y operada por Johan Miguel Asprilla Gutiérrez, acompaña este tránsito emocional, mientras la musicalización dirigida por Indalecio Sánchez Mosquera sostiene el clima afectivo de la escena.
La obra introduce un punto de inflexión cuando el personaje enuncia la frase “el Chocó sigue vivo”. A partir de este momento, el relato se desplaza hacia la afirmación y la resistencia. Las mujeres chocoanas ingresan
caminando en diagonal, ocupando progresivamente todo el espacio escénico. Sus faldas negras operan como dispositivos simbólicos: aluden al duelo, pero también a la fuerza, la persistencia y la negativa a rendirse. El cambio musical hacia “Pero vivo estoy” refuerza este tránsito del reclamo a la resistencia activa.
La irrupción de elementos escenográficos —bateas, canastos y polines que caen desde lo alto— introduce una ruptura visual y sonora que remite a la violencia estructural y al impacto del abandono. La reacción corporal de las intérpretes evidencia miedo, sobresalto y despojo. La escena se vacía momentáneamente, dejando en el centro la huella del impacto.
Posteriormente, la obra se adentra en la memoria del trabajo cotidiano. Ingresan los polineros, interpretados por Carlos Mario Rentería Aragón, Yeison Moreno Córdoba y Yeimar Gilberto Martínez Mosquera, quienes portan trozos de madera. Su acción inicial consiste en recoger y reorganizar los elementos caídos, gesto que simboliza la reconstrucción y el cuidado colectivo.
La coreografía con los polines expone la relación entre cuerpo, trabajo y territorio.
De manera simultánea aparecen las cateadoras, mujeres que representan la extracción artesanal de oro y platino. Con bateas como extensión del cuerpo, su movimiento circular y repetitivo alude a la paciencia, la resistencia y la transmisión de saberes ancestrales. La canción “Mis recuerdos” acompaña este momento, reforzando la idea de la memoria como material vivo que se extrae y se comparte.
El cierre de la obra se articula a partir de la imagen del río. Los bogas ingresan navegando el espacio escénico, guiados por “Dejarse ir”. Sus movimientos ondulantes construyen una metáfora del viaje, la migración y la continuidad. Las mujeres reaparecen como caudal, configurando un cuerpo colectivo que fluye, se adapta y persiste. El escenario se transforma en río, el río en memoria y la memoria en camino.
Mi Chocó se consolida así como una obra que trasciende la representación anecdótica para situarse en el terreno de la reflexión política y cultural. Más que una sucesión de escenas, la puesta en escena se presenta como un dispositivo de memoria que afirma la vida, la dignidad y la resistencia de un territorio históricamente vulnerado. La obra concluye reafirmando que amar al Chocó implica cuidarlo, defenderlo y sostenerlo con acciones concretas, y que mientras existan cuerpos que lo bailen, voces que lo nombren y memorias que lo narren, el Chocó seguirá vivo.




