top of page
_DFR6512.jpg

Canuto - Tumaco

Canuto: crecer entre música, danza y el callejón

​

Canuto nace en el 2022, ahí mismo, dentro de la Fundación Escuela Folclórica del Pacífico Sur Tumac, en Tumaco, Nariño. Tumac es una escuela con más de cincuenta años de historia, un lugar donde se aprende a bailar y a tocar, pero también a quedarse, a escuchar y a encontrarse con otros. Por sus salones han pasado generaciones enteras, y de ahí han salido muchos procesos que hoy siguen caminando: Plu con Pla, Chango, Canoa Grande, Manglaría, Naidi, la Fundación Afrocolombiana Casa Tumac, y más recientemente Plumunda Kids y Canuto.

​

Antes de ser un grupo de danza, varios de los jóvenes que hoy hacen parte de Canuto venían de un proceso musical. Durante cinco meses se prepararon para participar en el zonal del Festival Petronio Álvarez, uno de los referentes más importantes de las músicas del Pacífico. No llegaron a las semifinales ni viajaron a Cali, pero la experiencia fue clave. Para ser un grupo de adolescentes, sonaron bien, se sintieron firmes y entendieron que ahí había algo que valía la pena seguir cuidando.

Después de ese proceso, el maestro Agustín Francisco Tenorio Angulo decidió reunir a esos jóvenes y proponerles algo más: formar un grupo de danza. Al inicio se sumaron también algunas bailarinas con más experiencia, mujeres entre los 28 y 40 años, y el grupo tomó el nombre de Las Olas del Mar. Con el tiempo, y ya pensando en participar en el IX Festival Noches del Pacífico, en el 2024 el grupo decidió cambiar su nombre y asumirse como Grupo de Música y Danza Canuto.

La vida misma fue acomodando el elenco. Las mujeres mayores se retiraron por distintas razones y empezaron a llegar niñas y jóvenes entre los 13 y 20 años, algunas provenientes del grupo infantil de la fundación. Ese cambio terminó de consolidar al grupo, porque eran amigas y amigos de la misma generación, que compartían no solo la danza, sino el barrio, la escuela y la cotidianidad.

_DFR6503.jpg

La formación de Canuto está atravesada por la manera en que enseña Tumac: una escuela comunitaria, de puertas abiertas, donde cualquiera puede acercarse a la música o a la danza. A lo largo del proceso, el grupo ha aprendido de muchos maestros y maestras que han dejado huella en su camino: Andrea Rubiano, Diana Quiñones, Agustín Francisco Tenorio, Paola Vargas, Alexander Tenorio, Luis Quiñones, María Fernanda Tenorio Quiñones, Jhon Jairo Cortes Caicedo y Fernanda Tenorio, quien continúa acompañándolos de manera constante.

En Canuto, la música y la danza no se separan. Los jóvenes se han formado en marimba, en cantos tradicionales del Pacífico sur, en danza tradicional afro y en danza afrocontemporánea. Todo se cruza, todo dialoga. El cuerpo baila, pero también escucha y responde al sonido.

El maestro Agustín Francisco Tenorio Angulo, con sus 73 años, ha sido una figura clave en este proceso. Con él aprendieron danzas como la Caderona, el Bambuco Viejo, la Juga y el Patacore. Su forma de enseñar, su experiencia y su amor por la tradición marcaron profundamente al grupo. Fue tan fuerte ese encuentro que muchos de los integrantes decidieron darle un lugar central a la música y a la danza en sus vidas, no solo como una actividad, sino como un proyecto de futuro. 

Algunos de ellos sueñan con seguir formándose, con llegar a procesos como los de la Fundación Afrocolombiana Casa Tumac en Medellín, y con continuar llevando consigo la cultura del Pacífico sur a otros territorios.

Canuto está formado por jóvenes afrodescendientes del municipio de Tumaco que viven en el barrio Pantano de Vargas, en un sector conocido como El Infiernito. El nombre viene de varias historias: un incendio que marcó el lugar y la cantidad de callejones que lo atraviesan, tan parecidos entre sí que quien no conoce el barrio puede perderse fácilmente.

Para quienes hacen parte de Canuto, la danza y la música no son algo ajeno. Muchos crecieron viendo a sus madres bailar en la fundación, heredando ese vínculo casi sin darse cuenta. Otros son los primeros en sus familias en acercarse a estos lenguajes, pero viven en un entorno donde la música y el baile hacen parte de la vida diaria del barrio.

 

Los fines de semana, la sala de ensayo de Tumac se llena. Llegan niños y adolescentes: algunos a clase, otros solo a mirar. A veces mirar es suficiente para querer quedarse. La escuela permite ese tránsito natural: basta con pedir permiso al profesor de turno. Luego, si el interés se mantiene, el proceso se formaliza con una inscripción y una conversación con los acudientes.

Así se ha ido formando Canuto: como un grupo de jóvenes que crece en comunidad, que aprende desde el compartir, desde el cuerpo en movimiento y desde una tradición que sigue viva porque se sigue bailando.

_DFR6411.jpg

Obra de danza El Último Salón de Baile de Marimba

​

La obra El Último Salón de Baile de Marimba nace de una pregunta sencilla pero profunda: ¿qué pasó con esos lugares donde antes se bailaba con marimba en vivo en Tumaco? Canuto se va para los años setenta, a ese tiempo en el que la vida giraba alrededor del trabajo diario —pescar, conchar, arrullar— y de la espera por la noche, cuando la gente se arreglaba para ir al bailadero. Así aparece Don Jacinto, el último salón de baile de marimba, un lugar que no era solo para bailar, sino para encontrarse, mirarse, enamorarse y compartir.

La obra cuenta cómo se vivía en esa época y cómo, poco a poco, la llegada de la música grabada fue desplazando la marimba y el canto en vivo. No lo hace desde la queja, sino desde la memoria. Lo que se ve en escena es un homenaje a esa vida que existió y que todavía habita en los relatos de las abuelas y los abuelos. Canuto pone el cuerpo para recordar que esa música y esa danza fueron, y siguen siendo, parte del corazón del Pacífico sur.

El proceso creativo estuvo guiado por el maestro Agustín Francisco Tenorio Angulo, quien asumió la coreografía desde su conocimiento profundo de las danzas tradicionales. La dramaturgia y la asesoría estuvieron a cargo de Francisco Alexander Tenorio Quiñones. El vestuario fue diseñado por la maestra Laylys Quiñones, la escenografía nació del trabajo colectivo del elenco y la dirección musical estuvo en manos de Isaura Quiñones, quien también acompañó como asistente de dirección. Todo el proceso contó con el apoyo del artista formador territorial Juanito.

En escena están Jhon Bejarano, Santiago Pai, Jessica Rosero, Gissela González, Michel González, Lizeth Salazar, María Nela, Harol Olmedo, Johan Ortiz, Eider Olmedo, Washington Ebratt y Juanito Rodríguez, jóvenes que no solo bailan, sino que cantan, tocan y habitan la historia que están contando.

La obra se va armando por escenas que se enlazan como recuerdos. Comienza con un arrullo a Nazareno, donde el canto y los instrumentos de membrana abren el espacio desde lo espiritual. Desde ahí se entra a la cotidianidad del pueblo: los hombres saliendo a pescar, las mujeres conchando, el trabajo acompañado de cantos de boga y percusión que marcan el ritmo del día. 

Luego aparece el bailadero. En la escena de Don Jacinto se bailan la Caderona, el Bambuco Viejo y el Patacore, primero como se hacían antes y luego transformados en una propuesta coreográfica que recrea el ambiente del salón de baile. En medio de la rumba llega la grabadora sonando salsa choque, marcando el inicio del desplazamiento de la música en vivo.

Más adelante, Don Jacinto detiene el baile con un alabado y la marimba es cargada en procesión, como si se tratara de un entierro. Pero la obra no se queda ahí. Al final, Canuto propone el renacer: invita al público a bailar y a entender que la tradición sigue viva mientras se comparta.

 

_DFR6618.jpg

El vestuario se inspira en la elegancia cotidiana de los años sesenta y setenta: vestidos plisados, flores, pañuelos, sombreros, colores vivos y blanco. En los hombres, camisas manga larga y pantalones elegidos libremente. Cada prenda aporta autenticidad y memoria.

La escenografía nace de la tradición oral y de la memoria colectiva: el santo, la parihuela, el canasto de llares, el canalete y la grabadora evocan la fe, el trabajo, el río y el cambio cultural.

La música atraviesa toda la obra. La marimba y el canto tradicional son el centro, acompañados por arrullos, cantos de boga y percusión. Al final, la salsa choque aparece como símbolo de la modernidad.

En movimiento, la obra cruza danzas tradicionales, lenguaje afro pacífico de raíz y danza afro urbana. Todo convive sin romper la coherencia cultural.

La interdisciplinariedad es clave: los integrantes bailan, cantan, tocan y construyen escena. La dramaturgia nace de relatos reales y la obra se comparte más que se presenta.

Una asesoría de 24 horas fortaleció la dramaturgia y la planimetría, proponiendo nuevas miradas sin perder la tradición. Así, El Último Salón de Baile de Marimba se convierte en una obra que no solo se baila, sino que se recuerda y se vuelve a

bottom of page