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Agrupación Catanga - Medellín

Agrupación Catanga: semillero de danza y canto del Pacífico en Medellín

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Catanga nace en el 2021, en Medellín, como parte de la escuela comunitaria Medellín es Pacífico de la Fundación Afrocolombiana Casa Tumac. Es un proceso que crece desde el barrio, desde la constancia y desde el deseo de no dejar caer lo que ya venía caminando. Casa Tumac lleva más de quince años sembrando danza y música del Pacífico en esta ciudad, y Catanga aparece como una forma de cuidar esa siembra, de darle continuidad en el territorio.

El semillero está conformado por niñas, adolescentes y jóvenes, en su mayoría mujeres negras, entre los 11 y los 22 años. Todas nacidas en Medellín, todas habitantes del barrio Nuevo Amanecer, en la comuna 70 del corregimiento Belén Altavista. Ahí, en ese barrio, la danza ya tenía historia. Desde el año 2009, el maestro Alexander Tenorio, llegado de Tumaco, había iniciado procesos de formación junto a la lideresa Julia Moreno, quien en ese momento coordinaba los procesos artísticos y culturales del sector. De esos encuentros nació un grupo de jóvenes apasionados por el baile que se llamaba Talento Afro. Catanga recoge esa memoria y la empuja hacia adelante.

El semillero comienza su formación desde las danzas tradicionales del Pacífico sur y la danza afrocontemporánea, bajo la guía de la maestra Yenny Paola Córdoba, bailarina con más de quince años de experiencia, formada en la Fundación Casa Tumac con Paola Vargas y Alexander Tenorio. Al cabo de un año se suma la maestra Ibeth Cristina Cortés Mesias, cantaora de música tradicional y fusión, quien llega a fortalecer el proceso desde el canto. En medio de los encuentros aparece algo claro: el grupo necesita moverse también desde otros ritmos, desde lenguajes que conectan con su edad, su contexto y su cotidianidad. Así comienzan a integrarse los bailes afro urbanos, no como ruptura, sino como diálogo con lo que ya son. 

Catanga se va construyendo desde esa mezcla: tradición, contemporaneidad y calle. Desde lo que heredamos y desde lo que vivimos hoy. La constancia del grupo, su disciplina y el amor por el baile les ha permitido ganar visibilidad en su territorio. Son reconocidas no solo por lo que hacen en escena, sino por la seriedad con la que asumen el proceso.

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Las referentes más cercanas del semillero son la maestra Cristina Cortés en el canto y la maestra Yenny Córdoba en la danza, quienes han acompañado el proceso de manera constante. A lo largo del camino también han tenido la oportunidad de aprender con maestras y maestros como Paola Andrea Vargas, Alexander Tenorio y Jhon Jairo Cortes, acercándose a la música y la danza del Pacífico, así como a la danza afrocontemporánea.

La formación en Catanga es interdisciplinar. No se trata solo de aprender pasos o canciones, sino de entender el arte como una posibilidad de vida, como algo que puede dialogar con otros saberes y otros sueños. Muchas de las integrantes ven en la danza un camino posible, o al menos una parte fundamental de sus proyectos de vida. Sueñan con crecer, con formarse más, con llegar a ser parte de los elencos principales de la Fundación Casa Tumac, a quienes reconocen y admiran por su trayectoria, su disciplina y su compromiso.

Catanga es eso: un semillero que cuida lo sembrado, que escucha a sus niñas y jóvenes, y que baila desde el lugar donde vive.

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La Mano de Dios


La Mano de Dios es el nombre que las abuelas, las madres y las hermanas mayores le dieron a un sector de la comuna 8 de la ciudad de Medellín. Así llamaron al lugar donde, en la década de los años noventa, levantaron sus ranchos después de migrar desde el Chocó, empujadas por múltiples problemáticas sociales y por la necesidad urgente de sobrevivir en la ciudad. Ese nombre quedó anclado en la memoria colectiva como una forma de nombrar el arraigo, la fe y la resistencia en medio de la precariedad.

A través del tiempo, las relaciones de compinchería entre mujeres —abuelas, madres, hijas, hermanas— permitieron sostenerse juntas y construir comunidad desde el hacer cotidiano: cocinar, cuidar, resistir, criar, acompañarse. Estas redes fueron fundamentales para enfrentar los embates de la vida urbana, en una ciudad que muchas veces les dio la espalda. Uno de los momentos más dolorosos ocurrió en el año 2003, cuando el sector conocido como “Los Ranchitos”, en La Mano de Dios, se incendió. El fuego consumió las casas y dejó a las familias sin nada de lo que habían logrado construir.

Después del incendio vinieron los albergues, la incertidumbre y, para algunas familias, el retorno forzado a otros territorios. A quienes permanecieron, el Estado les asignó viviendas en la comuna 70, en un lugar que hoy se conoce como el barrio Nuevo Amanecer. Allí nació una nueva generación de mujeres que, junto a sus abuelas, madres y hermanas mayores, continúa enfrentando las desigualdades sociales de una sociedad machista, racista y clasista, pero también reconstruyendo identidad, territorio y comunidad. 

La obra La Mano de Dios nace de esa memoria colectiva. No como una historia lejana, sino como una experiencia que todavía habita los cuerpos de quienes la bailan. Diez mujeres encarnan los recorridos de sus mayores.

La llegada a la terminal sin saber a dónde ir. El frío que golpea distinto cuando se viene del calor húmedo del Pacífico. Dormir en un espacio de paso, sostenerse con lo poco.

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Luego aparecen los ranchitos, las noches largas de vigilia, el miedo constante a que las autoridades tumbaran lo que con tanto esfuerzo se había levantado. Los cuerpos se organizan, se sostienen y se mueven al ritmo del bunde y del levanta polvo.

Más adelante llegan los recorridos por la Minorista: recoger lo que otros desechan para poder cocinar. Aquí el movimiento se parece al trabajo, al ir y venir constante. Los cantos no son de tristeza, son cantos que acompañan la labor y hacen más llevadero el cansancio.

La cuadra se vuelve un espacio de tensión. Las niñas y adolescentes cruzan ese territorio sintiendo en el cuerpo la vulnerabilidad, escuchando piropos que no pidieron, aprendiendo demasiado pronto a cuidarse.

Y entonces vuelve el fuego. La explosión. El incendio que lo consume todo. Los cuerpos corren, se agitan, intentan salvar, vuelven a correr, hasta que ya no queda nada.

Pero la historia no se queda ahí. La obra también habla del renacer. De llegar a un nuevo territorio y nombrarlo Nuevo Amanecer como una forma de volver a empezar.

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Desde esta memoria viva nace la obra de danza La Mano de Dios, una creación del semillero Catanga, integrado por niñas, adolescentes y jóvenes del barrio Nuevo Amanecer. En escena aparecen los cuerpos de María José Serna González, Saray Ocoro López, Sara Yulieth Córdoba Ocoro, Melany Yuleini Mosquera Moreno, Angie Tatiana Vallecilla Londoño, María Fernanda Zuleta Córdoba, Laura María Córdoba Quinto, Génesis Salcedo Contreras, Leisy Paola Moreno y Jaslinicol Saucedo Moreno. Cada una de ellas pone en movimiento las historias heredadas y las propias, convirtiendo la memoria familiar en gesto, ritmo y presencia.

La obra fue guiada por la mirada sensible y firme de Yenny Córdoba, quien asumió la dirección general y la coreografía, acompañando a las bailarinas a encontrar en sus cuerpos una forma de narrar lo vivido. La dramaturgia fue tejida por Alexander Tenorio, a partir de los relatos del territorio, de las vivencias de las mujeres y de las preguntas sobre el desplazamiento, la pérdida y la reconstrucción. El vestuario, diseñado por Paola Vargas, acompañó ese tránsito: desde la precariedad del desarraigo hasta la fuerza del renacer colectivo. La escenografía, construida de manera colectiva por el semillero Catanga, surgió del diálogo entre la memoria y el presente.

La Mano de Dios se construyó desde la investigación cercana, escuchando a las abuelas, a las madres y a las mujeres mayores de las familias de las intérpretes. A partir de sus voces se levantaron las escenas: la llegada a la terminal, el cuidado de los ranchos en las noches, los recorridos por la Minorista para recoger alimentos, el miedo y la rabia al atravesar la cuadra, el incendio que lo arrasó todo y, finalmente, el nuevo amanecer. Cada escena fue pensada para que la danza, el canto y la música dialogaran con la historia real del barrio. 

La musicalización combinó la fuerza de la tradición del Pacífico —los cantos, los ritmos de chirimía y los lamentos que recuerdan a los alabaos— con sonidos urbanos y contemporáneos, reflejando la vida de estas mujeres entre la memoria del territorio de origen y la cotidianidad de la ciudad. La danza afro contemporánea, la danza tradicional afro pacífica y los lenguajes afro urbanos se entrelazaron para contar una historia que no es solo pasado, sino presente vivo.

La Mano de Dios no es solo una obra de danza. Es un acto de memoria colectiva, un reconocimiento a las mujeres que sostuvieron la vida cuando todo parecía perdido y una afirmación de que, incluso después del fuego, es posible volver a levantarse y nombrar el territorio desde la dignidad y la esperanza.

 

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