

Naidí - Tumaco
La danza, mi protección
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Dicen en Tumaco que cuando la violencia aprieta, el cuerpo busca cómo salvarse. Y que a veces la salvación no llega en forma de silencio, sino de tambor, de paso firme, de movimiento compartido. Así nace Naidí, así se empieza a contar su historia.
Naidí nace en el año 2016, en el barrio Nuevo Milenio, cuando un grupo de niños y niñas levantó la voz y dijo que quería bailar. No pidieron otra cosa: no pidieron discursos ni promesas largas. Dijeron que querían aprender la danza tradicional del Pacífico sur, ocupar su tiempo en algo que los cuidara, que los sacara de la calle, que les devolviera alegría y sentido. De ahí nació la frase que todavía los acompaña: “La danza, mi protección”.
Al principio eran pocas. Un grupo pequeño de niñas que se reunía en el Centro Juvenil del barrio. Con el tiempo, ese grupo creció. Creció tanto que hoy son más de cincuenta niñas, niños y jóvenes los que hacen parte del proceso. Pero más que crecer en número, creció en sentido. Porque Naidí no se quedó solo en aprender pasos: se volvió refugio, escuela de vida y espacio para sanar.
Quienes hacen parte de Naidí tienen entre seis y veintidós años. Son niñas, niños y jóvenes que aprendieron a llegar temprano, a ensayar con disciplina, a cuidarse entre ellos, a confiar en el grupo. Para muchas y muchos, la danza se volvió un camino posible, una manera de imaginar el futuro sin soltar el territorio. Todo este proceso ha sido acompañado por Diana Quiñones, directora del grupo, quien no solo enseña a bailar, sino que guía, escucha y sostiene.

Cuentan que el proceso comenzó cuando, desde el Centro Afro, se vio la necesidad de tener una maestra que acompañara el interés de la niñez. Fue Uli P., coordinadora del espacio, quien buscó apoyo para hacerlo posible. Así llegó Laylis Quiñones, desde la Fundación Tumac, y con ella se abrió el camino para que Diana Quiñones y Alex Tenorio comenzaran a trabajar la danza tradicional con los niños y niñas. Ahí se sembró la semilla.
Con el tiempo, la fundación se retiró del proceso, pero la danza no se fue. Diana decidió quedarse. Se hizo cargo. Caminó con el grupo. Y fue así como Naidí empezó a crecer también en otros barrios, como Unión Victoria, llevando la danza a más niñas y niños, convirtiéndola en parte de su proyecto de vida.
No caminaron solos. En el proceso se sumó el psicólogo Carlos Alberto Taborda Vidal, quien acompañó a los niños y jóvenes desde lo emocional y lo psicosocial. Más adelante, en el año 2019, nació la biblioteca comunitaria Naidí, un espacio para apoyar las tareas escolares y cuidar también el aprendizaje académico. Poco a poco, el proceso se fue organizando hasta convertirse en la Fundación NAIDÍ, sostenida sobre tres pilares claros: educación, cultura y acompañamiento psicosocial.
Las niñas, niños y jóvenes de Naidí vienen en su mayoría de la zona rural de Tumaco. Hoy muchas de sus familias viven en los barrios Unión Victoria y Nuevo Milenio, en la Comuna 5. Allí la vida no es fácil: el agua a veces no llega, la luz falla, las oportunidades son pocas y la violencia insiste. Pero en medio de todo eso, la danza aparece como un lugar seguro. Un lugar donde el cuerpo puede ser niño, puede ser joven, puede soñar.
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Para Naidí, bailar no es solo mostrar una coreografía. Es resistir. Es decir “aquí estamos”. Es cuidarse entre todos.​

Normalidad / El camino de la búsqueda
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Esta obra nace de una pregunta dura, de esas que incomodan: ¿en qué momento la muerte se volvió normal?
Normalidad habla de cómo en el territorio se han ido aceptando las muertes violentas y las desapariciones, de cómo el dolor se comparte en redes sociales sin pensar en las familias, de cómo la tragedia se vuelve rutina. Pero también habla de otra cosa: de la búsqueda, de la solidaridad y de la memoria que no se rinde.
La obra comienza mostrando la vida diaria. Gente caminando, grabando con el celular, mirando pantallas. Todo parece normal. Hasta que el miedo entra en escena. Los cuerpos corren, caen, se quedan quietos. Algunos miran, otros siguen grabando. La indiferencia pesa tanto como la pérdida.
Luego aparece la comunidad. La que busca. La que no se conforma. La que acompaña. Llegan los alabaos, el ritual, el duelo compartido. Se limpia el cuerpo, se nombra a quienes ya no están, se llora juntos. Porque aquí el dolor no se vive solo.
La obra fue creada desde ejercicios colectivos, a partir de relatos reales de quienes han vivido la violencia de cerca. Fue dirigida y coreografiada por Diana Quiñones, con dramaturgia compartida junto a Carlos Alberto Taborda Vidal y asesoría de Alex Tenorio. El vestuario y la escenografía nacieron del trabajo colectivo, y la música sostuvo la emoción y la memoria.




