

Son Candela - Chigorodó
Son Candela: más de 35 años danzando la memoria del territorio
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La Agrupación Artística y Cultural Son Candela es un colectivo de enfoque dancístico y de gestión cultural con más de 35 años de trayectoria en el Urabá antioqueño, con base en el municipio de Chigorodó. Su trabajo entiende la danza como un acto de memoria, resistencia y transformación social, nacido del hacer empírico y del compromiso vital de artistas formadores que, a lo largo del tiempo, han sostenido el proceso desde el territorio.
Son Candela ha logrado consolidarse como un referente cultural en la región gracias a su creación escénica, sus procesos de formación artística, su participación activa en redes territoriales y su presencia constante en festivales y convocatorias públicas. Desde allí, defiende el arte como un derecho y como un camino para la dignificación del territorio, entendiendo la escena como un espacio político y sensible donde se narran las historias del Urabá.
El colectivo se reconoce como un proceso adscrito a los espacios públicos de atención para el goce y el disfrute, donde se desarrollan diferentes líneas de formación artística que parten de las prácticas culturales autóctonas de la región. En este tránsito se ha dado la emergencia de procesos afro contemporáneos, de exploración corporal y de creación de acciones narrativas con lenguajes novedosos, siempre con la intención de ejercer una memoria a largo plazo y contar, a través de la puesta en escena, las historias que habitan el territorio.
Son Candela es también un proceso que se sostiene gracias a un relevo generacional consciente, fortalecido por el liderazgo y la gestión cultural, lo que ha permitido que el proyecto permanezca vivo, vigente y en constante transformación.
A lo largo de su trayectoria, el colectivo ha contado con la participación y el acompañamiento de maestros y maestras de renombre a nivel nacional e internacional, cuyos aportes han sido fundamentales para el fortalecimiento de los procesos formativos y creativos. Entre estos referentes se encuentran Marino Sánchez, Rafael Palacios, Norman Mejía, Diana Gallego, Carlos Manco y Yajaira Cuesta, quienes han contribuido a ampliar la mirada artística y pedagógica del grupo.
Actualmente, Son Candela cuenta con alrededor de 50 integrantes, en su mayoría hombres, entre niños, niñas, adolescentes y jóvenes provenientes de distintos barrios del municipio de Chigorodó, como Isla y El Bosque. El colectivo articula de manera orgánica el proceso artístico con el trabajo comunitario: forma a distintas generaciones, crea obras propias, acompaña procesos territoriales y sostiene una red de afectos y aprendizajes que involucra a familias, vecindarios, escuelas, festivales y aliados del ecosistema cultural del Urabá.
La comunidad, y especialmente las familias de los integrantes, cumple un papel fundamental en la permanencia del grupo, convirtiéndose en el pilar que sostiene el quehacer cultural y artístico de Son Candela. En la obra Camino al Matronaje, esta comunidad aparece también como un verdadero coro de memoria: quienes recuerdan, sostienen, nombran, despiden y celebran la vida desde el territorio.

Camino al Matronaje; Ritual de Vida y Muerte
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Camino al Matronaje nace como una obra que no se cuenta desde afuera, sino desde adentro, desde la sangre, la memoria y el nombre propio. Es una creación que honra el legado de la Dinastía Castro Maturana y pone en el centro a la mujer como columna ética, afectiva y cultural dentro del territorio del Urabá antioqueño. Aquí, la figura de la matrona no es solo un personaje: es herencia, es mandato, es cuidado que sostiene la vida incluso cuando todo parece fracturarse. La obra se teje desde la memoria familiar, desde el duelo que no se oculta y desde la celebración que persiste. Vida y muerte no aparecen como opuestos, sino como fuerzas que dialogan, se acompañan y se transforman mutuamente. En escena, la historia de una mujer se vuelve historia colectiva: una mujer que ama, que protege, que entierra, que crea, que migra y que funda, convirtiéndose en el corazón de una dinastía que resiste y florece.
El proceso creativo se nutre de referentes vivos y cercanos, de cuerpos y voces que sostienen el relato desde el linaje. Candelaria Maturana, educadora innata, líder social y portadora de saberes medicinales y ancestrales, es la figura fundante del universo simbólico de la obra. Su presencia atraviesa toda la narrativa como memoria viva, como raíz que no se rompe. Junto a ella, Carlos Alberto Castro Palomeque aparece como parte esencial del tejido familiar, desde la cotidianidad y la construcción de la vida en Chigorodó. Al interior del proceso artístico, Ana Rosa Castro Maturana —bailarina de Son Candela por más de veinte años y formadora desde hace quince— encarna la continuidad del legado, el tránsito entre generaciones y el liderazgo artístico-pedagógico que mantiene viva la historia.
La creación se construye desde una metodología de memoria encarnada. No parte de un texto cerrado, sino de relatos familiares, imágenes simbólicas y emociones que se traducen al cuerpo: el dolor, la protección, la herencia matrilineal, la pérdida y la esperanza. Cada movimiento nace del guion escénico, pero también de las simbologías que emergen en el proceso, de lo que el cuerpo recuerda incluso cuando la palabra no alcanza.
El camino escénico se despliega por cuadros que funcionan como estaciones de la memoria. Todo comienza en la mina, en medio del trabajo duro, cuando un dolor irrumpe en una madre en etapa de posparto. Luego llega la muerte, primero como ausencia y luego como presencia que cuida y acompaña en la penumbra. Desde el lecho, la madre revela a una de sus hijas el mandato de proteger y sostener.
El entierro marca la fractura: una familia herida que, aun así, permanece unida por el recuerdo. En medio del caos, el padre confía a los hijos a la familia extensa para garantizar la supervivencia. Aparece el enfrentamiento, el dolor dicho en voz alta, la hija que reclama entre lágrimas un abandono imposible. Luego, el sacrificio: la hija mayor asume el cuidado de cinco hermanos menores, cargando una responsabilidad que transforma su destino. El relato migra entonces hacia el Urabá antioqueño, hacia Chigorodó, donde se abre una tierra prometida y se funda una nueva vida familiar junto a Carlos Alberto Castro Palomeque. Allí se nombran las semillas de grandeza, se activa la línea matrilineal y se celebra la Dinastía Castro Maturana: hijos, nietos y comunidad honrando la herencia de amor filial. La obra cierra con palabras de homenaje y con Chigorodó como río de guaduas, territorio que sostiene los sueños y la energía vital de la cultura.

El vestuario acompaña este tránsito vital y simbólico. Pasa de lo cotidiano del trabajo a lo ceremonial de la muerte y el entierro, y finalmente a lo festivo y celebratorio del legado. Desde la raíz afrotradicional del bullerengue, con faldas amplias, vuelos, pañuelos y texturas, el vestuario se convierte en archivo sensible del linaje. Los colores, los tejidos y los accesorios funcionan como pruebas vivas del matronaje: protección, cuidado y transmisión.
La escenografía se construye desde la sencillez cargada de sentido. Vasijas, manteles, flores, velas, sillas y totumas activan los espacios del hogar, el ritual y el duelo. Con pocos elementos y transiciones corporales, la escena muta de la mina al cuarto, del velorio al camino, de la casa al territorio. El Río de guaduas y la atmósfera de Chigorodó aparecen como cierre poético, como territorio vivo que abraza la memoria.
La musicalización sostiene el carácter ritual de la obra. El bullerengue es eje y columna sonora, acompañado de paisajes de respiraciones, pasos, susurros, cantos y golpes de tambor. La música acompaña cada estación del relato: el dolor, la ausencia, la aparición, la protección y la celebración, reforzando la raíz afro y el carácter interdisciplinar de la puesta en escena.
En el movimiento, la obra transita entre la danza tradicional y la danza afrocontemporánea como lenguajes de identidad y resistencia. El teatro físico permite narrar el conflicto interno, el duelo y las apariciones, mientras la ritualidad escénica —el coro comunitario, los gestos de cuidado y los símbolos de tránsito entre vida y muerte— construyen una experiencia colectiva.
Camino al Matronaje es una obra profundamente interdisciplinar: danza, bullerengue, teatro físico, ritual y memoria testimonial se entrelazan para crear una narrativa que va de lo íntimo a lo colectivo. La dramaturgia se organiza como un camino: origen del dolor, ruptura, persistencia, mandato, fractura social, respuesta ética, migración, fundación de vida, continuidad del linaje y cierre poético de homenaje.
Este proceso creativo se fortaleció gracias a la participación de Son Candela en la residencia artística A Pie Pelao de la Fundación Casa Tumac, con el apoyo de los Centros de Danza y Movimiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Las asesorías estuvieron a cargo de Shirly Caicedo Pacheco y se enfocaron principalmente en la puesta en escena. Una de las observaciones más significativas fue la necesidad de dar mayor presencia a las mujeres que acompañan el primer cuadro en la mina, fortaleciendo el sentido de sororidad, solidaridad y complicidad entre mujeres, y ampliando el valor simbólico del trabajo colectivo frente al solo inicial.
Camino al Matronaje no es solo una obra: es un acto de memoria viva, un ritual escénico donde el cuerpo recuerda, honra y nombra a quienes sostienen la vida incluso cuando todo arde.




