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Grupo de danzas Kuri Muyu - Pupiales 

Dicen que hay nombres que no se eligen al azar, que hay palabras que nacen con destino. Kuri Muyu es una de ellas. Viene del quechua y está hecha de dos fuerzas antiguas: Kuri, que significa oro, lo valioso, lo sagrado; y Muyu, que es semilla, ciclo, origen. Juntas nombran algo profundo: semilla de oro, semilla sagrada, origen valioso de la vida. En la cosmovisión andina, Kuri Muyu representa el inicio, la riqueza espiritual y cultural que se siembra, se cuida y vuelve a brotar con el tiempo. 

Con ese nombre y esa carga simbólica nace el Grupo de Danzas Kuri Muyu, una agrupación artística y cultural que entiende la danza como una forma de memoria viva. Desde el movimiento, la música, el juego y la puesta en escena, el grupo se dedica a investigar, preservar y proyectar las danzas tradicionales y las expresiones folclóricas de su región y del país, reconociendo en ellas los oficios, las creencias y los relatos que han dado forma a la identidad de las comunidades.

Kuri Muyu surge en el año 2022 en el municipio de Pupiales, como respuesta a la necesidad de fortalecer procesos formativos en danza y de abrir espacios de participación artística  para niños, niñas y jóvenes. Desde sus inicios, el grupo se ha pensado como un  lugar de encuentro, donde la danza no solo se aprende como técnica, sino que se vive como experiencia colectiva, como forma  de reconocerse en el territorio y de construir sentido de pertenencia. 

Aunque es un proceso joven, Kuri Muyu ha tenido una presencia activa en encuentros culturales, festivales y eventos comunitarios a nivel local, regional y nacional. Cada presentación ha sido asumida como una  portunidad para compartir su trabajo investigativo y escénico, y para representar a su comunidad con respeto, dignidad y conciencia patrimonial. 

 

El enfoque artístico del grupo se centra en la danza folclórica y experimental desde la investigación. Cada montaje nace del acercamiento a las manifestaciones culturales, resaltando elementos históricos, sociales, familiares y simbólicos que atraviesan las historias del territorio. En escena, la danza dialoga con la música, el vestuario y la narrativa, dando lugar a propuestas que no solo muestran formas, sino que cuentan procesos, memorias y maneras de habitar el mundo.

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En Kuri Muyu, la danza se convierte en una herramienta para preguntar, recordar y resignificar. 

 

Por eso, uno de sus objetivos principales es preservar y difundir las tradiciones culturales a través del cuerpo en movimiento, al mismo tiempo que se promueve el trabajo colectivo, la identidad y el respeto por la diferencia. La formación integral de sus integrantes —en lo artístico, lo cultural y lo humano— es parte fundamental del proceso, entendiendo que bailar también es aprender a vivir en comunidad. 

La proyección cultural del Grupo de Danzas Kuri Muyu apunta a consolidarse como un referente comprometido con la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial y con la formación de nuevas generaciones que valoren y continúen las tradiciones danzarias y de oralidad del territorio. Cada ensayo, cada presentación y cada creación se asume como un acto de siembra, como una semilla que se deposita en la memoria colectiva. 

Este camino es acompañado y orientado por su directora, Katherine Liseth Prado Reyes, quien lidera el proceso artístico y formativo del grupo, sosteniendo la visión de Kuri Muyu como una semilla viva: una semilla de oro que crece desde el territorio, se fortalece en la colectividad y florece en la escena. 

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Mamitas Curanderas y Curanderitos 


Fuerza en Tierra (saltando, saltando en la loma voy sanando) 
Dicen en Pupiales que el saber no se aprende solo escuchando, sino mirando, caminando y sintiendo. Que el conocimiento no vive en los libros, sino en las lomas, en las plantas, en el fuego que arde despacio y en la palabra que se dice con respeto. De ahí nacen estas obras: de la experiencia directa con el territorio y de la necesidad de que la niñez vuelva a escuchar, con el cuerpo, lo que los mayores han sabido desde siempre. 

 

Estas danzas no surgieron de la nada. Fueron sembradas y cuidadas por Katherine Liseth Prado Reyes, mujer de territorio, bailarina, formadora y guardiana del proceso, quien desde su caminar en la Loma Pelada y su relación cercana con las mamitas y los papitos curanderos decidió convertir el movimiento en una forma de enseñanza. A su lado, Deivis Wilmer Prado Reyes acompañó la palabra, el sentido y la dramaturgia, ayudando a ordenar el relato sin quitarle su raíz espiritual. Juntos, con la guía de los mayores y el diálogo constante con la comunidad, fueron dando forma a un proceso donde la danza se volvió ritual, escuela y medicina. 
Mamitas Curanderas y Curanderitos 


Esta obra nace pensando en las niñas y los niños, pero no como espectadores, sino como protagonistas del saber. Aquí no se imita al curandero: se aprende a serlo desde el juego, desde el respeto y desde la memoria que se activa cuando el cuerpo se mueve con intención. 

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Las mamitas y los papitos curanderos —esos sabedores que conocen las plantas, los rezos y las limpias— aparecen en escena a través de los cuerpos infantiles, que poco a poco se van transformando. Las niñas y los niños no entran a bailar de inmediato: primero despiertan. Giran, gritan, se desplazan, se sacuden. El cuerpo se abre, como se abre el espíritu cuando va a recibir la medicina. 

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Los ritmos del bambuco sureño y del folclor andino acompañan este despertar. Las manos preparan las plantas, los pies reconocen la tierra y los movimientos suaves comienzan a brotar, recordando que el saber no se impone, se comparte. Luego la energía crece, los chales se agitan, los cuerpos brillan y la alegría aparece, porque sanar también es celebrar la vida. 
 

En la segunda escena, el respeto toma el centro. Antes de curar, hay que pedir  permiso. Los chales se extienden en el suelo, las plantas y el agua —el chapil— aparecen, y el espacio se  vuelve sagrado. Una curandera mayor entra soplando hacia los cuatro puntos cardinales, cuidando el lugar, protegiendo el acto. En ese momento, las niñas y los niños ya no juegan a ser curanderos: lo son. El movimiento del agua y la firmeza de la tierra se mezclan en sus cuerpos, recordando que estos saberes siguen vivos y caminando en la niñez. 
 

La tercera escena es la del cierre y el agradecimiento. Después de sanar, también hay que limpiarse. El fuego aparece, el humo recorre los cuerpos y las energías se acomodan. Los chales cobijan, protegen, descansan. El círculo se forma y el movimiento se vuelve más pausado, más profundo. No es cansancio solamente: es renovación. Así regresan los curanderos a sus casas, fortalecidos, con el espíritu en calma y el corazón lleno. 
 

Todo este recorrido es sostenido por las manos de Mary Reyes y Bernarda Reyes, quienes desde el vestuario acompañan el sentido ritual de la obra, y por una musicalización que, aunque pregrabada, dialoga constantemente con la acción y el pulso de los cuerpos. 
 

En escena, este saber se hace visible a través de Katherine Liseth Prado Reyes, Luna Yaiylli Prado Rodríguez, Mary Abigail Guacha Prado, Deivid Francisco Guacha Prado, Lina Julieth Rodríguez Ceballos, Pauleth Sofía Acosta Casanova, Fredy Alexander Chapués Cuarán, Analy Fernanda Tutalcha Yépez, Diana Sofía Salazar Mueses y Francisco Guillermo Prado, quienes no solo bailan, sino que aprenden, cuidan y proyectan una tradición viva. 

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Fuerza en Tierra (saltando, saltando en la loma voy sanando)

Si Mamitas Curanderas y Curanderitos habla del sanar, Fuerza en Tierra habla del caminar. Esta danza nace de la relación directa con la Loma Pelada, lugar sagrado donde la tierra habla y los elementos se alinean. Allí, antes de entrar, se pide permiso. Allí se escucha el viento, se abrazan los árboles y se aprende a caminar sin apuro. La obra recoge la tradición oral de los abuelos y abuelas, esos saberes que el tiempo ha querido 

La obra recoge la tradición oral de los abuelos y abuelas, esos saberes que el tiempo ha querido borrar, pero que siguen vivos en la palabra, en la minga y en el cuerpo que se mueve con conciencia. El fuego, el agua, el aire y la tierra no son ideas: son fuerzas que atraviesan el cuerpo, influyen en el pensamiento y enseñan a vivir en equilibrio. 


La danza se construye desde acciones simples y reales: saltar cuando una espina duele, mover los brazos para soltarse de las moras, girar para encontrar el camino, caminar en distintas direcciones cuando uno se pierde en la loma. Cada figura coreográfica surge del juego y de la experiencia directa, convirtiendo la pedagogía en movimiento y el aprendizaje en alegría. 
 

Aquí, bailar es también soltar lo negativo, reconocerse y fortalecer la identidad. Cada taller, cada ensayo y cada recorrido por la Loma Pelada alimentó esta creación, que se sostiene en la vivencia personal de quien habita el territorio y lo conoce desde adentro. 
 

En escena, los mismos cuerpos que sanan en la primera obra caminan y resisten en esta segunda: Katherine Liseth Prado Reyes, Luna Yaiylli Prado Rodríguez, Mary Abigail Guacha Prado, Deivid Francisco Guacha Prado, Lina Julieth Rodríguez Ceballos, Pauleth Sofía Acosta Casanova, Fredy Alexander Chapués Cuarán, Analy Fernanda Tutalcha Yépez, Diana Sofía Salazar Mueses y Francisco Guillermo Prado. Ellos y ellas hacen de la danza un espacio seguro, un lugar para crecer y una forma de amar el territorio. 
Estas obras no se presentan solo para ser vistas. Se ofrecen como palabra compartida, como semilla sembrada en la niñez y como recordatorio de que mientras el cuerpo recuerde, la tradición seguirá viva. 

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