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Raices- Medellín

Raíces: nuestra voz, nuestra historia

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Dicen que una raíz no se ve, pero sostiene.

Que crece debajo de la tierra, en silencio, agarrándose a lo que encuentra para no soltarse. Así nacimos nosotras. Así se llama este cuerpo colectivo que se hace música, que se hace danza, que se hace palabra cuando el cuerpo ya no alcanza: Raíces.

Somos mujeres adolescentes y jóvenes afrodescendientes que hoy habitamos Medellín, entre los trece y los veinticuatro años. Venimos de familias que migraron desde el Pacífico Norte y Sur colombiano, y también desde Venezuela. Llegamos con las manos llenas de memoria, con el cuerpo marcado por otros territorios, con historias que no siempre encontraron lugar en la ciudad. Por eso bailamos. Por eso cantamos. Porque cuando el territorio se queda atrás, el cuerpo se vuelve casa.

Raíces nace en el año 2020, en medio de un tiempo extraño, como semillero de la Fundación Afrocolombiana Casa Tumac y del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia. Allí empezamos a reconocernos, a mirarnos sin miedo, a entender que lo que cada una traía —su acento, su historia, su manera de moverse— no era una diferencia que separaba, sino una raíz que se entrelazaba con otras.

Somos músicas y bailarinas. No porque alguien nos lo haya permitido, sino porque así aprendimos a existir. En nuestros cuerpos viven las músicas de marimba y los cantos tradicionales del Pacífico Sur, la danza afro tradicional, la afro contemporánea, la afro urbana. Caminamos desde la Comuna 4 y la Comuna 70 de Medellín, guiadas por maestras y maestros que dejaron huella en nuestro proceso: Alexander Tenorio, Paola Vargas, Yenny Córdoba, Isaura Quiñones, Meryi Cortés, Iván Cortés, Cristina Cortés y Óscar Angulo. Y de la mano de nuestras directoras, Luisa Cetres y Meryi Cortés, dimos forma a obras que no se inventaron de la nada, sino que nacieron del cuerpo vivido: Palenque Urbano y Comaé.

Cuando nos preguntan qué es Raíces, no respondemos con una definición. Respondemos bailando.

Raíces es el conocimiento que llevamos en la piel. Es el lugar donde el pasado no se queda quieto, sino que se transforma en movimiento. Es familia. Es cuidado. Es el espacio donde cada error se vuelve aprendizaje y cada caída encuentra manos que sostienen. Aquí no solo danzamos: aquí nos cuidamos. 

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Desde ahí nace A Contra Tiempo.


Esta obra no empieza con música. Empieza contando.

Contamos en voz alta, juntas, como si el tiempo se nos fuera entre los dedos. Contamos porque así vivimos: midiendo cada segundo, tratando de alcanzar todo lo que se nos exige. Mientras contamos, los cuerpos reaccionan. El conteo se vuelve peso, se vuelve prisa, se vuelve vida cotidiana. La música es nuestra propia voz, a capela, marcando el pulso de una existencia que siempre parece ir tarde.

A Contra Tiempo es una obra hecha desde nosotras, desde una mirada afro-femenina que no se disfraza de neutralidad. Habla de mujeres negras y del tiempo que nunca alcanza. De las que cuidan hijas e hijos, madres, padres, abuelas. De las que se acuestan últimas y se levantan primeras. De las que cargan responsabilidades que no se reparten de manera justa. Y como si eso no fuera suficiente, también cargan la exigencia sobre el cuerpo, sobre la ropa, sobre el cabello. Cargas que se suman, que ocupan tiempo, que desgastan.

La obra se detiene. Respira. Se vuelve plegaria: Una plegaria íntima por el tiempo propio, ese que casi nunca existe. Dos voces cantan mientras las demás bailan. La tristeza y la rabia se cruzan. El movimiento se acelera y se frena, como la mente de una mujer cansada que aún no puede parar. El cuerpo dice lo que no siempre se puede decir en voz alta.

Luego aparece el cuidado: El cuidado como mandato. Como herencia. Como imposición. Un cuerpo solo cuenta la maternidad desde la gestación hasta el crecimiento. Una flauta indígena acompaña ese tránsito. Después, el grupo celebra la vida, pero también muestra el inicio de las múltiples formas de cuidar. Los tambores marcan un seis por ocho que mezcla el bambuco andino con el pulso afro del Pacífico Sur. Y al final, un solo irrumpe con fuerza: una mujer que no quiere ser madre, pero a quien la sociedad no le pregunta. La rabia atraviesa el cuerpo. El peso vuelve. El hijo queda en brazos. La escena no juzga, expone.

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El afán regresa: El de irse. El de migrar. El de despedirse. Los cuerpos se aceleran, cambian de dirección, no descansan. Dos hermanas se despiden de su madre. Cantan mientras bailan. La nostalgia se queda flotando en el aire. El viaje no siempre es una elección, a veces es la única salida.

El bus. La calle: Cada mujer lleva su historia en silencio, mientras suena una canción cualquiera, de esas que acompañan los trayectos urbanos. De pronto, una sola queda expuesta. El acoso aparece. Las miradas pesan. Los piropos se vuelven amenaza. El cuerpo responde con incomodidad, con miedo, con resistencia.

Y entonces llega la rebelión: Todo el enojo acumulado encuentra salida. Un bunde callejero sostiene la fuerza colectiva. El conteo regresa, pero ahora es regresivo. Ocho. Siete. Seis. Hasta llegar a uno. No como derrota, sino como ruptura. Como afirmación. 

En escena estamos Meryi Cortés, Susana Santos, Luisa Cetres, Anabella Rodríguez, Antonella Rodríguez, María José Serna, Laura Córdoba y Arcy Montaño. Somos las que bailamos, cantamos y tocamos. Somos el cuerpo y el sonido. La dramaturgia de Alexander Tenorio, la coreografía compartida con Paola Vargas, el vestuario que también nace del cuerpo, la música que se construye en vivo: todo dialoga para que la obra no se vea, sino que se sienta.

A Contra Tiempo no se explica. Se atraviesa. Es memoria, denuncia y resistencia. Es tiempo robado que se vuelve danza. Es voz que no pide permiso. Es cuerpo que insiste.

Porque Raíces no es solo un grupo. Raíces es memoria que migra. Es enseñanza que se hereda. Es resistencia que danza.

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